La estación de trenes de Bubny, en el barrio
praguense de Holešovice, se encuentra actualmente en ruinas, y poco hace
suponer su ominoso pasado. Desde aquí fueron trasladados al gueto de Terezín,
primera parada antes de los campos de exterminio, unos 10.000 judíos
praguenses, de los que sobrevivió apenas un 10%.
Desde comienzos de este mes, una escultura
recuerda sin embargo a los desaparecidos. Elaborada por AlešVeselý, una vía de
tren se separa del suelo y asciende a las alturas simbolizando la escalera de
Jacob. Se trata del primer paso hacia la recuperación de la estación y su
transformación en un nuevo centro de exposiciones, el Monumento del Silencio.
Su alma mater es el documentalista Pavel
Štingl, que describe así el principal objetivo del proyecto.
“Estamos aquí para encontrar un nuevo
lenguaje. Los que lo vivieron no tienen fuerzas para contar su historia y
compartir su testimonio. Así que estamos para continuar este diálogo, encontrar
otro modo de presentarlo, no basta con rodar a alguien que ha estado en la
guerra y ponerlo en televisión. Por eso preparamos este monumento, que tiene
que ser diferente a la sinagoga de Pinkas. Creo que actualmente necesitamos un
monumento que ofrezca activamente este tema, que hable y haga preguntas, quizás
que encuentre respuestas, lo que es difícil, pero plantear buenas preguntas
también es complicado”.
Víctimas, verdugos y testigos
Además de homenajear a las víctimas del
Holocausto, el Monumento del Silencio servirá para poner en relación el pasado
y el presente, y hacer reflexionar a los visitantes sobre las diferentes
derivas de acontecimientos del mundo en el que viven, prosigue Štingl.
“Praga necesita un centro donde se pueda
confrontar la historia con la actualidad, donde se puedan comparar las cosas
que persisten, donde se pueda mostrar el paralelismo con el pasado de todo lo
que hoy día consideramos doloroso, esas cosas preocupantes que deberían
resolverse antes de que se extiendan. Para poder reaccionar ante cualquier
fenómeno actual antes de que sea demasiado tarde. Para nosotros son importantes
fenómenos que nos inquietan, como acciones violentas o la propagación de
ideologías extremistas, que podemos comparar bien con la historia”.
Su alcance va por tanto más allá del
exterminio de los judíos y el nazismo, motivos por los cuales Štingl decidió
evitar el término Holocausto en el proyecto, subraya.
“Tras reflexionar sobre ello pensamos que no
queríamos que se llamara Museo del Holocausto, o Museo Shoá, porque para mucha
gente esto se refiere únicamente a la historia judía. Pero lo que queremos
tratar son temas que abarcan toda la sociedad, no solo la historia judía. Nos
interesa también por ejemplo la historia de los que fueron testigos del
genocidio pero no dijeron nada, la llamada mayoría silenciosa. En este barrio,
donde los judíos fueron concentrados y trasladados, siguen existiendo las
mismas calles y casas, y seguramente allí viven todavía las mismas familias que
lo presenciaron. Creo que es interesante tratar el estigma de aquellos que
fueron testigos”.
De hecho la estación sirvió también como punto
de partida de la población alemana de Praga, que en su mayoría fue expulsada
del país con la aplicación de los llamados decretos de Beneš. Una limpieza
étnica que a su modo es también, incide Štingl, un genocidio.
“En 1945 desde la misma estación tuvieron que
marcharse los alemanes de Praga. El alemán praguense es un fenómeno, los
alemanes vivían en Praga desde hacía mucho tiempo, y eran un poco diferentes
mentalmente de los alemanes de los Sudetes o de los alemanes del Reich. Y
tuvieron que irse, después de los decretos de posguerra. Y eso es también un
genocidio. Praga era única por su “triálogo” checo-judío-alemán. Aquí había
unos valores culturales básicos, y cuando dos de estas etnias desaparecieron,
se puede hablar de un genocidio cultural”.
El Monumento del Silencio no será por tanto un
Museo del Holocausto al uso, es más, tampoco será un museo en su sentido
tradicional de conservación de artefactos. Su propósito será convertirse más
bien en una plataforma de reflexión, aunque se sirva para ello de exposiciones.
“Como en la República Checa los museos son muy
tradicionales, con sus vitrinas y sus objetos antiguos, decidí no llamarlo
museo, porque aquí decir museo remite a algo del siglo XIX. Lo que debería
haber en este espacio es algo que podemos llamar plataforma para el diálogo, y
que he dividido en siete capítulos”.
Un viaje a la problemática del genocidio con
siete estaciones
De las primeras secciones con las que contará
el centro, la primera no ocupará los espacios de la estación de Bubny, sino sus
alrededores, cumpliendo así también con la visión de Štingl de un diálogo
constante entre el edificio y su entorno, y con el papel del Monumento del
Silencio en la recuperación del centro histórico de Praga.
“Es el camino entre el llamado mercado de las
radios, cerca de la actual Galería Nacional, y la estación de Bubny, a 200
metros. Allí habrá algunos elementos urbanísticos, información, por ejemplo en
tabletas, sobre por dónde iban los trenes con los judíos, dónde estaban los
lugares clave, los lugares de transformación, en los que el hombre se
transformaba en número”.
Ya en el edificio de la estación de Bubny el
siguiente capítulo, Voces y Caras, recordará mediante proyecciones y objetos
personales a los judíos deportados de Praga al gueto de Terezín, haciendo
especial hincapié en cómo era su vida en la capital checa antes y después de la
entrada en vigor de las leyes raciales.
En una sección especial dedicada a la
genealogía se mostrará el alto grado de asimilación de los judíos praguenses, en
cuyas familias se mezclaban con mayor o menor grado tradiciones hebreas y
cristianas. De hecho uno de cada tres judíos estaba casado con un gentil y no
eran raros los étnicamente judíos que se habían convertido al cristianismo.
La siguiente sala explorará las causas del
genocidio, prosigue Štingl.
“En este capítulo tratamos en profundidad la
modernidad del siglo XX. Es como escribe Bauman, las circunstancias básicas que
tienen que darse para que pase algo así. No fue solo a causa del antisemitismo.
Este no era en Praga tan dominante como en otros lugares y además era a su
manera muy específico. Aquí se trabaja con la idea de que maduraron ciertas
ideologías, tecnologías y logística, y por supuesto la llegada del
totalitarismo, que fue lo que lo permitió”. Precisamente en esta parte se
explorará un capítulo poco conocido de la Praga del Protectorado, y es que la
ciudad checa se convirtió por unos años en la capital mundial de la eugenesia.
“Esto también es un tema de la exposición.
Praga fue elegida como la ciudad de la ciencia del Reich para el futuro.
Durante la guerra se desplazaron a Praga especialistas en teorías raciales, que
tomaron los mayores y más hermosos edificios universitarios. Y allí trabajaron
sobre un futuro mapa racial del mundo. Eso se sabe poco, Praga era en este
sentido supervisada personalmente por el mismo Hitler. Por eso vino Speer aquí
poco después de llegar Heydrich al Protectorado. Estos biólogos, higienistas
raciales, prepararon en Praga la visión nazi de cómo debería ser el mundo”.
Siguiendo con el análisis del contexto, el
último capítulo del primer ciclo, Recuerdo de la Cultura de Entreguerras,
analiza la Checoslovaquia surgida tras la Primera Guerra Mundial, su idealismo
y finalmente su fracaso, así como el repunte del antisemitismo con la breve
Segunda República, que precedió a la ocupación alemana.
Aprendiendo del pasado, y del presente
Los siguientes tres capítulos están
relacionados directamente con la actualidad. El primero de ellos, El Regreso,
retratará la experiencia de los supervivientes del Holocausto, explica Štingl.
“El regreso es algo terriblemente complicado,
es la búsqueda de un lenguaje para describir sus experiencias. Y lo que
vivieron es algo difícil de explicar y de entender, y durante 20 o 30 años esta
gente permaneció en silencio. Solo recientemente han encontrado el modo de
comunicárselo a sus hijos. También se trata de la relación de la mayoría con la
minoría, y la minoría en este caso es la que tiene esta experiencia”.
La novela Maus, de Art Spiegelman
Un ejemplo de transmisión de este legado es la
novela gráfica Maus, de Art Spiegelman, el primer cómic en ganar un premio
Pulitzer, que precisamente protagonizará una exposición temporal en el
Monumento del Silencio tras su inauguración.
La interrelación de pasado y presente sigue
con el capítulo Reflexiones del Mundo Actual, dedicado a otros genocidios
perpetrados en el siglo XX y que al principio contendrá una exposición sobre la
masacre de Srebrenica, sucedida en 1995 y en la que paramilitares serbios
asesinaron a 20.000 varones bosnios musulmanes ante la indiferencia de los
cascos azules holandeses.
El punto final será la sección Reflexión
Generacional, concluye Štingl.
“Se trata de la reflexión de la generación que
hereda todo esto, de los descendientes. La cuestión es si el Holocausto se
puede empezar a comprender como historia a partir de alguna generación o si es
algo que es asumido como genético. Es por supuesto una discusión filosófica
completa pero un tema interesante para artistas y poetas”.
El proyecto, completamente detallado y con los
permisos de obra aprobados, solo espera a contar con la financiación necesaria
para hacerse realidad. De acuerdo con Pavel Štingl, el Monumento del Silencio
podrá abrirse más o menos tarde dependiendo del apoyo gubernamental y
municipal, y de si será posible utilizar los llamados Fondos Noruegos de ayuda
al desarrollo. La transformación de la estación de Bubny en un homenaje a los
deportados costará unos 3,5 millones de euros.
El Monumento del Silencio hablará en Praga sobre los genocidios del siglo XX
08/Abr/2015
Radio Praga, Por Carlos Ferrer